Álvaro Castillo Granada: a librería, alma y corazón abierto

Actualidad

Álvaro Castillo Granada: a librería, alma y corazón abierto

Por Rafael de Aguila

Tengo el privilegio, el muy alto honor, de presentar hoy, presentar acá, en Artemisa -lo presentaría en cualquier sitio del Universo- Con los libreros en Cuba, libro digital, suerte de memoria literaria, de memoria sentida, de memoria nuncaolvido, de ese colombiano/cubano, ese librero-escritor-colega-hermano-amigo-compañero, ese ser múltiple y telúrico y nimbado y elevado y almado que es Álvaro Castillo Granada. Hace apenas un año hube de escribir una reseña después de leer -emocionado y conmovido- Librovejero. Librovejero, recordemos, era el mote con el que designara a este Rey de los Libreros el mismísimo Gabriel García Márquez, a quien Álvaro tenía por cliente y amigo personal, a quien no llamaba García Márquez, ni Gabriel, ni Gabo, sino simplemente… García. He aquí que hoy presento -tras otra lectura emocionada y conmovida, porque los libros de Álvaro, los libros de este Librovejero, emocionan, mueven y conmueven- un segundo libro de este corazón con memorias, este hombre de letras por partida doble, por librero y por escritor, este colega y librero cubano, porque eso es, cubano por derecho del corazón y por muy sagrado legado de caminatas, hermandad y acorazonadas memorias.

Esto en puridad es un libro. Y esto en puridad es corazón. Y esto es puridad es un mapa. Álvaro ha escrito un libro, ha dejado en libro el corazón y ha cartografiado un mapa. Lo ha cartografiado con el fervor de Vasco de Gama y la meticulosidad de Juan de la Cosa, mas, urge decirlo, con persistencia y sentimiento mayor, porque en persistencia y sentimiento supera a ambos, a Vasco y a Juan, Álvaro a cartografiado no Islas en la Mar Océana, no, ha cartografiado librerías, librerías entre el Oceánico y subsahariano calor de nuestras calles, ha cartografiado almas de libreros, ha cartografiado el corazón central de los libros, la piel que mora debajo de la piel de aquellos que los escriben. Y lo ha hecho no a bordo de nao capitana, o goleta, o carabela española, no, lo ha hecho con el fervor y el sudor del caminante, en guagua, en almendrón, a bípeda virtud, lo ha hecho a la buena de Dios -y no pocas veces a las malas-, porque a Álvaro no le amedrentan las malas, traza Álvaro sus derroteros sin que le hundan las derrotas, derroteros que lo han llevado brújula y astrolabio de Librovejero en mano por calles habaneras -esa Habana en la que el ¨azar concurrente¨, así nos dice, se hace presencia y potencia, esa Habana a la que él llama ciudad de reencuentros-, lo ha hecho brújula y astrolabio de Librovejero en mano por calles de vaya a saber qué provincias -Holguín, Santa Clara, Santiago de Cuba, Placetas- porque Álvaro ha navegado-correteado-guaguado y almendronado- en busca de las más ignotas librerías de nuestro caimancito alado mucho más que el mismísimo Jean Valjean por las húmedas alcantarillas de París. Si Alejandro de Humboldt es considerado nuestro segundo descubridor Álvaro Castillo Granada puede ser considerado el descubridor, el cronista de todas nuestras librerías y todos nuestros libreros. 

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Con los libreros en Cuba

Estamos ante una propuesta sui géneris y sin lugar a dudas valiosa. Digamos que es un testimonio que describe el encuentro y las vivencias del autor …

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Autor

Álvaro Castillo Granada

Encuadernación

EPUB

Editorial

Ediciones Unicornio

Publicado

2023

Álvaro comenzó su oficio de librero, que es decir de shaman, de hacedor, de demiurgo, el 30 de noviembre de 1988, a los 19 años, en Bogotá. Urge decir que por aquel entonces tenía cabello largo y frondoso. Cursaba apenas el II semestre en la Universidad. Así como otros desean ser escritores o cosmonautas o marinos o médicos él deseaba -¡desde niño!- ser librero. Yo, he de confesarlo, nunca había conocido a ser alguno inmerso en ese sueño: el de ser librero. Sueño ese inusual. Pues ese fue el de Álvaro, sueño harto logrado, por demás. Encomiable resulta lograr sueños tan harta y dignamente en mitad de un mundo que se resiste a que los sueños devengan lozana materia de realidad. En Bogotá tiene hoy su propia librería: San Librario. Así, con santidad y todo. Que para el colombiano un libro es una deidad, la Librería un templo y el librero todo un abad pagano con báculo y mitra. Un abad que eternamente persigue y espera el libro que busca, ese que en su fuero interno -sus páginas, su carátula, su misterio- se sabe con destino al librero. No importa que búsqueda y espera demoren 20 años. Tal vez más. El libro llega: siempre llega. En eso los libros son quizá más fieles que los amores, esos que suelen ser cobardes, y traicionan, y olvidan. Porque si con los amores puede suceder aquello cantado por Silvio, que no llegan, que se quedan ahí, que son cobardes… los libros llegan. Nunca se quedan ahí. No son cobardes. Tampoco lo son los libreros. Nos dice Álvaro que ir a un libro es un acto de libertad; que releer es reencontrarnos con el que fuimos y fijarnos en el que somos; que el trabajo de un librero lo convierte en otro en relación con los demás; que un librero puede trasformar el mercado y transformar lectores; que el papel del librero es la transformación del mercado en lecturas, que una librería es un ¨espacio nuestro¨, lugar de encuentro, refugio, hogar, trinchera, barricada; que el librero es agente de cambio porque hace del libro precisamente eso: espacio de libertad. Nunca había leído tan bella y sentida y emotiva y bien pensada teorización -caracterización- del oficio de librero. Agente de cambio. Tampoco de un libro: espacio de libertad.

En abril de 1995 llegó por vez primera Álvaro a Cuba. En abril de 1995 entró por vez primera Álvaro a una librería cubana. La Avellaneda. La más antigua de Cuba en funcionamiento. Lamento no haberlo conocido entonces. Conocí a Álvaro Castillo Granada hace apenas unos años en casa de Dazra Novak. Sería, tal vez, una tarde de 2018. El día en que coincidimos -sentados en aquel balcón a varios pisos distantes del suelo y a la vera de una soberbia vista del Malecón habanero- me hizo dedicarle un ejemplar de mi primer libro, premio Pinos Nuevos, 1997, Último viaje con Adriana. El libro estaba asombrosamente subrayado, la caligrafía -endiablada, pequeña, difícil de leer- llenaba ambos márgenes. Del morral que portaba extrajo -para mi total asombro- un segundo ejemplar -no menos señalizado- que hubo de dedicarme entonces él a mí. Leyendo ahora este libro -nada me había advertido Álvaro- supe que un 25 de febrero, a la tarde, en mitad de un apagón, hubo de entrar Álvaro a una librería habanera, Centenario del Apóstol, para allí descubrir mi primer libro, y descubrir que mi segundo apellido era Borges. Nunca alguien me había regalado -y dedicado- un libro de mi autoría. No creo que alguien alguna vez reincida en ello. Aquel día hablamos de literatura, de Cuba, de aeropuertos, de autores. Mas no es de mi libro -subrayado por él- ni de aquel primer encuentro, esa primera reunión de Álvaro y mi primer libro. Hoy acá nos reúne Álvaro otro libro. Esta vez su emotivo y sincero y encomiable libro.

Los libros llegan y se van. Transcurren. Los lectores volvemos y volvemos, nos dice Álvaro, parafraseando a Josef Stalin. Confieso resulta esta la única ocasión en la que parafrasear a Stalin me ha resultado grato. Si los libros vuelven y van, y los lectores vuelven y vuelven, los libreros, Álvaro, los libreros como tú, vienen, van, y vuelven, siempre vuelven, no se van nunca, como siempre vuelves tú a esta islita, este caimancito que tanto amas, y si un día un librero se va al muy lezamiano Valle de Proserpina, pues sobre ese valle tiene lo que tú llamas, hermano, el cielo de los libreros. Allí se te han ido Nilo, Joaquín, Jacobo, Humberto, Cosa, Gilbert, Rolando, Pimentel…

Álvaro, urge decirlo, es un poeta desatado. Puede uno encontrar en este libro fraseos tales como: color de lejanía. Kenningar, les llamaba Borges, tales como: aureoladas de uso. Apotegmas preciosos como: cuando un librero se va se transforma en una memoria que habita los libros. O este otro: Los libros no tienen tiempo porque viven un eterno presente. O: Una manera de mirar que es un modo de ver. Sentencias de belleza inusitada como: Espacio mío que se transforma en espacio tuyo. Imágenes precisas como: Calor empozado. Fraseos dignos de título de libro como: El tiempo eterno de la memoria. Balsa de piedra llama Álvaro a los libros. Balsa: artefacto para no hundirnos. No ahogarnos. No morir. Artefacto para sostener. Buscar destinos. Regocijarnos.

Así cuenta Marco Polo fastuosas maravillas desde sus viajes cuenta Álvaro las suyas, no menos fastuosas y que en maravilla no menguan: conoció en Holguín Álvaro al librero probablemente más viejo del mundo, un anciano de 90 años. En librería habanera encontró Álvaro a una niña, la niña Loydalba, que impartía clases para sí misma sobre una pizarra de metal. En librería habanera encontró Álvaro no solo libros y conoció no solo libreros, en librería habanera encontró Álvaro el amor. Encontró a quien él llama ¨su meñique.¨ Y la nombra. Y la nombraremos nosotros aquí. Yanelis Hernández Pérez.  

Álvaro, bibliógrafo empedernido y suntuoso, se afana en explicar cómo persigue primeras ediciones. No importa sea París, Buenos Aires, Montevideo o La Habana. Sobre todo La Habana porque ya lo dije: Álvaro es un enamorado de Cuba. No lo desaniman el calor, los precios, las carencias, el transporte. Nuestra muy formal informalidad. Y es que así es el amor. No se desanima. Pese a diatribas, horrores y errores… persevera. Resiste. Respira porque es verdadero. El amor de Álvaro lo es. Su libro respira y transcurre -si transcurrir y respiración alcanza a tener un libro- entre La Habana y Bogotá. La cronología no es exactamente la vida del libro. No. Es la vida de Álvaro. Ese es el cronotopo. Y la vida de Álvaro son los libros que ha amado, leído, logrado, regalado, perseguido, anhelado, vendido; los amores que lo han llevado y traído y alzado; los escritores admirados y conocidos; García, entre ellos -sin olvidar a Fina y a Cintio-, sobre todo sin olvidarlos a ellos, a los libreros, esos colegas que lo han acompañado y enseñado; esos amigos que se le han muerto y a los que incansable, sin dudarlo, habla, agradece y bienquiere y los sabe allí, esperando, en el cielo de los libreros.

Pensando en ellos, en aquellos que se han ido tristemente al cielo de los libreros, quiero concluir mi presentación –y quiero que con ese gesto lo agasajemos hoy todos- de la misma y exacta manera con que uno de esos libreros solía recibir a Álvaro. Uno de esos libreros que mora en ese cielo solo a los libreros reservado, Pimentel es el apellido de ese librero, no empleemos el pretérito, no digamos era, digamos Pimentel es el apellido de ese librero, y en honor a Pimentel y elogio a Álvaro repetiremos todos acá hoy su gesto, el de Pimentel, repetiremos hoy acá su saludo, el mismo saludo con que él recibía a Álvaro, y lo haremos así para corporizarlo, para traer aquí hoy a Pimentel, para en afán palingenésico, devolverle la vida, a él y a todos los libreros que se nos han ido a ese cielo, el de los libreros, Pimentel recibía a Álvaro, queridos amigos, levantando la mano con el puño cerrado, Álvaro en su libro lo despide diciéndole: gracias, Pimentel, mi amigo, por todo, y por mantener tu librería abierta. Concluyamos nosotros agradeciendo con Álvaro a Pimentel, agradeciendo con Álvaro a todos los libreros -de Cuba, de Colombia, del mundo-, agradeciendo con Álvaro a todos los que escriben los libros, agradeciendo con Álvaro a aquellos que a esos espacios nuestros que son las librerías acuden en busca de esos espacios de libertad que son los libros, agradeciendo nosotros, todos a una, como en Fuenteovejuna, agradeciendo a Álvaro este libro, y los anteriores, y los libros por venir, agradeciéndole muy especialmente a Álvaro su colombianísima amistad, y su colombianísima sonrisa, y su colombianísimo amor, trilogía que ya es muy cubana, y en el afán de agradecer a Álvaro quiero que se lo agradezcamos todos con el mismo gesto de aquel librero, ese que se nos ha ido al cielo de los libreros, pero que regresaremos a la vida con su gesto acá hoy, el gesto de Pimentel, agradezcamos a Álvaro levantando todos la mano y cerrando el puño. Agradezcamos a Álvaro parafraseando al propio Álvaro, digamos, todos a una, en coro: gracias, Álvaro, mi amigo, por todo, y por mantener tu alma, esa alma que no obstante tuya has sabido hacer espacio nuestro, gracias por mantener esa alma tuya, Álvaro, tan sagrada como una librería, siempre abierta.

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Author: Carolina Olivares Rodriguez (Escritora)